Una lectura eco-teo-lógica

Uno de los temas de la Lambeth Conference de este verano es la ecología. Hemos invitado a los autores a reflexionar sobre lo que esperan que los obispos tomen en serio y tengan en cuenta con respecto a este tema cuando se reúnan.

La versión en inglés.

Por Richard Acosta

La Ecoteología, como parte de la Teología de la Liberación, nos permite hacer una lectura de la Biblia, no sólo desde las realidades sociales, sino desde las medioambientales (que  empeoran el drama social), nos acerca a un Jesús sensible, cercano, solidario con los menos favorecidos y los oprimidos, incluido el planeta quien (como sujeto) se halla explotado, afrentado, herido, junto con toda la vida que contiene. Jesús viene al enfermo, al marginado, al excluido, y hoy es la Creación del Padre la que se encuentra agredida, enferma de muerte, golpeada. Hoy la Tierra debe ser sujeto de derechos y de defensa humana desde todos los ámbitos, disciplinas y ciencias -incluida la teológica-. Las religiones y sus reflexiones deben seguir incansables en la exhortación a transformar nuestras prácticas, nuestras formas de relacionarnos con la “madre tierra” de cuyas entrañas fuimos creados.

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El pasaje del Camino de Emaús es icónico a la hora de entender la pedagogía de Jesús presente en el método Ver, Juzgar, Actuar de la Teología de la Liberación: Ver (conocer, entender, analizar la realidad), Juzgar (iluminarla a la luz de la Palabra) y Actuar (comprometerse en el esfuerzo transformador de la realidad de pecado estructural). A continuación, se propone una lectura de este texto lucano desde una mirada ecoteológica, que sirva de reflexión para pensar nuestro quehacer y que sugiera una pedagogía ha implementar desde la Iglesia (o cualquier religión) a la hora de sistematizar su compromiso ante una realidad dramática en la que la humanidad se juega su supervivencia y la de millones de especies.

VER (Lc 24:13-24)

  1. La creación y la humanidad en su realidad. (vv13-14).

El texto comienza con la identificación de una realidad concreta: tiempo, personajes, lugares y acciones; también podemos deducir una realidad no explícita en el texto (Imperio Romano, posición de los líderes religiosos, economía, geografía, cultura, etc.). Los discípulos caminan en medio de esa realidad. ¿En medio de la qué contexto camina el pueblo de Dios hoy? ¿De qué hablamos mientras caminamos? Lo que hoy vivimos está suficientemente diagnosticado. Lo expuesto y compartido en COP 26 es sólo un ejemplo de la multitud de datos y estadísticas con las que se cuenta , así que no ha de ser difícil responder a la pregunta: ¿Cuál es la realidad medioambiental del mundo de hoy y cuál su repercusión entre los más pobres de la sociedad? No hay duda, la realidad es de muerte y es de eso de lo que “venimos hablando en nuestro camino” desde hace 50 años. Es tan contundente que incluso los negacionistas se han quedado sin argumentos ante lo aplastante de los estudios.

Como líderes, como Iglesia, debemos entender que hay un contexto en el que el pueblo de Dios camina, una realidad desde la cual la tierra gime y la humanidad clama. Las realidades inmanentes también deben estar sobre la mesa, en nuestras mentes y corazones, en nuestras reflexiones y exhortaciones. Si no conocemos las cifras, datos, testimonios y experiencias, nuestro discurso será vacío y carente de sentido, será alienante y poco significativo.

  1. Jesús sale al encuentro, se acerca, se une a la caminata. (v.15)

Los discípulos van en dirección incorrecta, están escapando y no por eso son abandonados a su suerte. Jesús no sólo observa, no es estático; él es acción, movimiento, toma la iniciativa y sale al encuentro de los caminantes en su angustia; se preocupa por el rumbo tomado y se pone a caminar junto a ellos.

En las últimas décadas la humanidad “conversa y discute”, pero igual camina en la misma dirección, en la equivocada. ¿Qué hacemos como Iglesia, como líderes religiosos, como cristianos? No podemos simplemente observar cómo la humanidad camina hacia su autodestrucción. Debemos ponernos en el camino -no quedarnos al lado-. Debemos acercarnos, acompañar el día a día, pues es en ese camino y en ese caminar donde se proclama, desde donde se debe hacer Iglesia con la esperanza de que replanteemos la dirección hacia la que nos dirigimos y podamos cambiar nuestro rumbo hacia el correcto.

  1. Pero estamos como ciegos. (v.16)

Los discípulos no le reconocen. Es la cultura de la ceguera. ¿Qué es lo que impide reconocer a Dios presente en el camino? En el caso de los discípulos, posiblemente, el pesimismo, la muerte de su líder, la decepción, la fuerza imponente del Imperio y la inoperancia de sus líderes. Va con ellos el Maestro, a quien aman y siguieron por años, pero es tan cruda la realidad que simplemente no le pueden reconocer.

Y es que ¿cómo ver a Dios en medio de tantos signos de muerte? ¿Por qué Dios dejó la creación “abandonada” a la administración humana? Calentamiento global, sequías, huracanes, deforestación, inundaciones, extinción, hambre, contaminación… Dios ¿dónde estás? La lucha parece ser no atendida, los clamores no escuchados; muchos simplemente sucumben ante la decepción en la humanidad; otros van “ciegos” porque son incapaces de reconocer a Dios caminando en medio de estos signos de muerte y de dolor; otros van como “ciegos” porque cierran sus ojos ante la abrumadora realidad de destrucción; otros prefieren permanecer “ciegos” ante la falta de compromiso de sus líderes, la negativa a abandonar las prácticas contaminantes de las megacorporaciones, la ausencia de empatía para con todas las formas de vida y ante el imperio del consumo. Muchos prefieren no ver y simplemente “escapar” de la realidad para no asumirla.

  1. Jesús interpela, pregunta sobre la vida cotidiana. (vv.17-19a).

Sorprende que las primeras palabras de Jesús son preguntas sobre la vida cotidiana. Jesús no entra con cátedras teológicas ni catequéticas, comienza su intervención preguntando por lo que discuten mientras caminan, por los dramas sensibles, por las cuestiones vitales. Para Jesús es más importante preguntar por lo que acontece mientras se camina, es decir, mientras se vive la vida.

Corresponde hoy a la Iglesia preguntar primero por los dramas vitales, por la realidad de hambre y muerte, pues donde hay hambre de pan ¿cómo brindar el alimento de la Palabra? Es decir ¿Qué realidad se va a iluminan si no se la conoce? ¿Cómo se va a interpelar un contexto que nos es ajeno? No se dice aquí que el mensaje evangelizador no sea importante, ¡claro que lo es! ¡a eso hemos sido enviados! A lo que se llama es a hacerlo con significado, con pertinencia, pero también con impertinencia -pues a veces es necesario incomodar-, con la intencionalidad clara de decir una palabra de vida en un contexto conocido.

Y ante el rechazo (como sucedió con los discípulos al desconocido), ya por las necesidades, las angustias primarias, sociales y ambientales, debemos insistir (como Jesús). Como Iglesia hemos emitido resoluciones medioambientales en los últimos 40 años, hemos creado comités y equipos de reflexión, hemos implementado iniciativas y denunciado; pero no nos debemos cansar cuando pareciera que no somos escuchados, que el esfuerzo no rinde frutos. El llamado es a perseverar, ser creativos, adaptarnos; es tiempo de insistir.

  1. La respuesta: tristeza, desilusión, desesperanza, fracaso. (vv 19b-24).

Ante la insistencia de Jesús, la respuesta es inevitable y a la vez desesperanzadora; los discípulos simplemente se rindieron, abandonaron el proyecto, “se van”. Es la desilusión al ver morir la esperanza, al ver esfumarse los esfuerzos. Incluso las voces que anunciaron buenas noticias son insuficientes para ellos.

Hoy la respuesta de la tierra y de la humanidad es de dolor. Lo que se escuchó durante COP 26 son testimonios y estadísticas dramáticas, realidades de anti-vida (por tanto de anti-Reino): inundaciones, incendios, sequías, deshielos, hambre y un largo etcétera, sumado al drama de quienes peor las sufren: los más pobres y las demás especies del planeta. En Colombia -donde vivo- en torno a los grandes proyectos extractivistas y contaminantes se imponen el hambre, la pobreza, el desplazamiento, la muerte; el campesino, el indígena, las negritudes son los más golpeados en nombre del desarrollismo y el mal llamado “progreso”.

Como en el texto, en necesaria la catarsis, es necesario el desahogo. En las afueras de la asamblea de COP 26 veíamos otras manifestaciones de voces incrédulas e insatisfechas; eran las “otras” voces, los otros reclamos; a ésos también hay que prestar atención porque son las voces desesperadas de las bases, de quienes no ostentan el poder, de quienes no toman las decisiones. Ahí también está hablando Dios.

El caso es tan dramático que, como con los discípulos que van camino a Emaús, las buenas noticias no parecen ser suficientes si no se da el paso a la experiencia, si ellas se quedan como anuncios lejanos, que no llegan a lo profundo, que no tocan el corazón.

JUZGAR (Lc 24:25-31)

  1. Interpretar la Escritura (vv 25-27).

Sólo después de leer la realidad Jesús enseña a interpretarla a la luz de la Palabra. Se puede decir que la evangelización va en un segundo momento, o mejor, que el primer momento es el entendimiento del contexto. La vida es palabra de Dios; la vida es sacramento. El primer libro por el que Dios habló a la humanidad es la vida misma, la Creación. Así lo entendió Jesús, por eso siempre se preocupó por las necesidades vitales de quienes lo rodeaban, por su salud física, mental y social, por su dignificación. Posteriormente ilumina esa realidad a la luz de las Escrituras.

Si creemos que la Palabra es viva y eficaz (Heb 4:12), es porque impacta una realidad concreta, porque ilumina el hoy que viven las hijas y los hijos de Dios, los mueve y los conmueve, porque trastorna los nervios más sensibles de las estructuras sociales de pecado y muerte, de contaminación y devastación. La Palabra tiene una profunda oportunidad profética y esperanzadora; en consecuencia, la acción de la Iglesia no puede ir en un sentido diferente a los dramas de nuestro tiempo. La revelación de Dios acontece en el devenir de la historia, en el día a día de la humanidad.

¿Cómo comunicar la Palabra en estos tiempos de crisis del medio ambiente? La oportunidad es inagotable. La Iglesia debe hacer el esfuerzo por iluminar estos tiempos a la luz de las Escrituras: con los sermones, la catequesis, la producción académica, las escuelas dominicales y los centros de estudios formativos para nuevos líderes eclesiales y seminaristas. Debemos ser capaces de releer pasajes como el de la Creación, Caín y Abel, el diluvio, el Éxodo, los Salmos, el Apocalipsis, las cartas, los evangelios, etc., en clave medioambiental. Es tarea del cristiano de hoy desentrañar al Dios que habla a través y en medio de la crisis que vivimos. Hoy Jesús nos dice: “—¡Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas!”.

  1. La interpretación de la Palabra motiva la acogida. (vv 28-29).

Es tan profunda y poderosa la enseñanza de Jesús y su interpretación de las Escrituras que movió a la acogida, aun cuando los discípulos aún no le reconocían. Se trata de la Palabra que mueve el corazón y propicia la fraternidad-sororidad.

El tiempo que vivimos requiere de palabras proféticas dispuestas a denunciar y de otras llenas de esperanza para quienes sufren. ¿Es la acogida el sentimiento que provoca hoy el apóstol de Jesús? La voz de los líderes religiosos ha de ser pertinente para los sufrientes e “impertinente” para los gobiernos, los industriales, los grandes contaminadores; debe ser capaz de tocar las fibras más sensibles de tal forma que muevan a la unión de más y más voces. Hoy necesitamos convocar, hacer sinergia. Hay demasiadas voces dispersas, haciendo el bien, pero dispersas. Contamos con estudios, investigaciones, publicaciones, activismo… ¿Cómo unir? En este aspecto debemos ser más creativos para que los esfuerzos no se vean perdidos o invisibilizados en el mar del caos.

En este COP26 fue muy significativo escuchar “otras” voces: jóvenes, indígenas, mujeres que suman en número significativo; voces antes invisibilizadas porque sólo se escuchaban las de mayor amplificación política o mediática; voces que sensibilizaron y conmovieron; voces por medio de las cuales Dios habló y sigue hablando. Éstas son palabras que motivan la acogida, la solidaridad.

  1. Palabra y acogida llevan a la comunión y el reconocimiento. (vv 30-31).

Después de interpretar la realidad, de iluminarla con la Palabra y de mover a la acogida, la experiencia máxima se expresa en la Comunión, en la Eucaristía. El memorial de la Cena es el momento culmen que mueve a la Koinonía. deles el cumplimiento de la oración de Jesús: “Te pido que todos ellos estén unidos” (Jn 17:21a). Es apenas obvio que aún hay mucho por hacer; como bautizados, estamos llamados a unir esfuerzos con diferentes iglesias y con todo humano de buena voluntad. El espíritu ecuménico debe unirnos también en torno a este tema vital.

Nuestra labor teológica y ministerial deben llevar al reconocimiento y encuentro con el Resucitado. Pero la Pascua también es pascua de la Tierra, de la Creación: “La creación espera con gran impaciencia el momento en que se manifieste claramente que somos hijos de Dios… Sabemos que hasta ahora la creación entera se queja y sufre”. (Rm 8:18-25). Debemos entender que nuestra existencia está unida a la de la Creación; que si la sometemos a esclavitud y sufrimiento éstos recaerán sobre los hijos de Dios; que la liberación de las alienaciones y dependencias humanas llevarán a la liberación de la Creación y a su redención. Como exhorta el obispo Presidente y Primado de la Iglesia Episcopal, Reverendísimo Michael Curry, a su equipo delegado en COP 26: Cristo se ha encarnado en el mundo porque lo ama, y por la salvación del mundo dio su vida: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único. (Jn 3:16).

Finalmente, la Comunión es también con el mundo; hoy la Koinonía es también con la naturaleza. En hora de hablar de una “Iglesia cósmica”, donde estemos en comunión con la madre-tierra. Esta comunión nos permitirá abrir los ojos y reconocer al Resucitado allí, en medio de esta gran Iglesia.

ACTUAR (Lc 24:32-35)

La experiencia del Resucitado impulsa a la acción. (vv 32-35).

Sólo así se hará realidad la transformación necesaria. La experiencia de Jesús debe mover a la acción, de lo contrario no es experiencia de Cristo. ¿De qué sirve quedarnos en lo místico si todo se derrumba a nuestro alrededor? Lo reflexionado hasta aquí: Realidad, Palabra, Acogida, y Comunión, necesariamente deben mover a la praxis. La experiencia de la vida que comunica Jesucristo hace que enfrentemos la “noche”, es decir, los temores, las dificultades, la destrucción, los signos de muerte; fortalece para actuar ¡ya!, como sucedió con los discípulos quienes “Sin esperar más, se pusieron en camino”.

Si creemos que Cristo está vivo, entonces arde nuestro corazón, y ese ardor debe hacernos levantar de nuestras comodidades, nos debe mover a caminar con el propósito de compartir esa Buena Noticia para proclamar la vida en medio de la destrucción porque creemos que la vida prevalecerá sobre la muerte.

Esto es la praxis transformadora, la proclamación celebrativa de la vida. La experiencia del Resucitado mueve a la resiliencia personal, social y medioambiental, pues nos hace cambiar el rumbo del camino y enfrentar esa realidad allí donde hay que hacerlo. La vida que Cristo comunica, como vencedor de la muerte, mueve al anuncio de un mundo viable para todos, que manifieste el Reino de Dios.

Hay que moverse, “desinstalarse” y actuar. Es imperativo modificar nuestras prácticas por unas más responsables, conscientes, sustentables. Es lo que nos corresponde anunciar hoy en medio del sitio donde sucede el drama, en el camino donde están quienes sufren -social y ambientalmente- el imperio del desarrollismo y del consumismo. Debemos proclamar allí donde nuestros líderes dictan las políticas extractivas, los industriales explotan y contaminan, los campesinos e indígenas son desplazados, la selva arrasada y el río contaminado. Es menester anunciar que aún puede prevalecer la vida, que aún podemos responder a nuestro ser de mayordomos de la Creación y co-cuidadores del planeta y de nuestros hermanos y hermanas más vulnerables.

Son muchos los escenarios del anuncio y muchas las oportunidades. Debemos ser creativos, pedagógicos y proféticos.

El Rvdo. Dr. Richard Acosta es sacerdote en la Misión San Benito de Nursia de la Iglesia Episcopal, Diócesis de Colombia; es escritor, investigador y profesor universitario.

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